Piensa en un baño de luz continuo que limpia esquinas y suaviza sombras, con luminarias ocultas o difusores amplios. Un objetivo de 100–150 lux uniformes basta para conversación, descanso y tránsito, siempre con deslumbramiento controlado y reflejos domesticados para que las superficies respiren y los ojos no se cansen.
Sobre encimeras, escritorios y mesillas, la precisión importa. Apunta a 300–500 lux puntuales con haces bien dirigidos, evitando arrastrar brillo innecesario hacia el resto del espacio. Brazos articulados, perfiles bajo mueble y focos desplazables resuelven actividades, permiten dimado fino y reducen sombras incómodas que vuelven torpes los gestos cotidianos.
Un cuadro, un nicho o una planta adquieren importancia con pequeñas pinceladas de luz. Hazes de 10–30 grados modelan texturas, mientras un leve contraluz abre planos y ensancha visualmente. Menos es más: dos acentos bien situados crean jerarquía, invitan a la calma y evitan la sensación de escaparate o exceso teatral.